
3
DE JULIO. 23:55 horas. Quizá sólo a un ruso se le podría ocurrir leer Aeropuerto mientras vuela de regreso a Moscú. Pero el pasajero sentado a mi derecha, un hombretón de unos cincuenta años afable y directo, lleva una copia de la novela abierta por sus primeras páginas mientras entabla conversación con su compatriota, en el asiento del pasillo. Quizá leer no sea la palabra, y el best-seller de Richard Haley sea una especie de misal pagano; algo a lo que agarrarse si la realidad supera peligrosamente a la ficción. Por si acaso, cuando de manos de la azafata me alcanza el formulario que tenemos que rellenar los extranjeros al entrar en Rusia, responde con su fuerte acento, “Don’t worry”, al darle yo las gracias. Acabo de descubrir por qué lo dice: se parece sorprendente, y quizá preocupantemente, a George Kennedy.
Pluma en mano, me dispongo a completar la información que las autoridades solicitan. Mis nuevos camaradas no me quitan ojo. Al ver un gesto de incomprensión que sin duda esperaban en mi cara, se ofrecen a ayudarme entre risas y con esa resignación, común a muchos personajes de Chéjov, del alma rusa sojuzgada que se burla del absurdo. Porque quien tiene que rellenar el formulario, un extranjero, no sabe ruso, y los datos requeridos, deducibles en la mayor parte de los idiomas occidentales, son completamente indistinguibles en cirílico. Intimamos algo más, y el formulario les da algo parecido a una primera impresión sobre mi vida. Soy como alguien a quien se ha conocido brevemente en una fiesta. No viajan juntos, pero su labor de lazarillos burocráticos les da el pretexto idóneo para un esbozo de conversación y de conocimiento. El del asiento contiguo ha viajado a Galicia de negocios. Miro sus uñas negras, sus manos bastas, marcadas por algún tipo de trabajo manual, y me pregunto, durante una décima de segundo, por el tipo de negocios. El que está sentado en el asiento del pasillo vuelve a Moscú después de pasar unos días en Madrid. Me cuenta el motivo de su viaje pero no consigo entenderlo. Lo repite. Le digo que no entiendo. Vuelve a insistir ahora sólo en las dos palabras finales. Nada. Las pronuncia una vez más y distingo de pronto lo que intenta decirme en su inglés de ruso blanco: ¡Gay Pride! Ha venido a Madrid a celebrar el día del orgullo gay, algo prohibido en Moscú este 2006. Me río al descifrar por fin sus palabras y al recordar la insistencia de las mías: efectivamente, yo no entiendo. La cosa se anima. El ruso gay saca una botella de whisky. Por unos instantes no hay fronteras, salud, cheers, una palabra rusa que no consigo recordar... Pero se da cuenta de que sigo sin entender, y el que está sentado entre ambos se agarra con fuerza a su libro de los libros. Tras los brindis y algunas preguntas más de rigor, algún comentario más con sorna sobre Rusia —me es familiar esa autocrítica exacerbada impensable, por ejemplo, en un francés—, nos sumimos cada uno en nuestro silencio antropológico.
04:00, hora española. Muy pronto, conforme volamos hacia la salida del sol, la noche cerrada ha dado paso a una claridad roja y creciente. Ahora, mientras el avión se adentra a poca altura en el cielo de Rusia, el rojo se disipa. Es pleno día. Hay muchos lagos, de muy diversas y caprichosas formas. Parecen signos trazados en la estepa y no grandes depósitos de agua. A diferencia del patchwork habitual en el suelo de labranza que cubre gran parte de España, el trazo es aquí agua. Frente al azaroso dibujo del hombre en el paisaje, aquí pinta la naturaleza.
Nada más aterrizar, el ruso que, a fin de cuentas, no debía de parecerse tanto a George Kennedy, me llama por mi nombre. Todo un detalle de deferencia, y de memoria, pues sólo puede haberlo visto de refilón cuando rellenaba conmigo el formulario. “Carlos”, dice, poniéndose de pronto serio, “Russia is a criminal country. Be careful”. Lo dice consciente de que esas palabras, necesarias, según él, dado el ceremonioso tono con el que las pronuncia, vienen a aguar un tanto la familiaridad de la pasada noche. Me recomienda que guarde la mayor parte del dinero en un bolsillo distinto, y esa precaución me recuerda el Madrid de los primeros años ochenta, cuando yo era adolescente y la sirla y el cacheo eran una rutina diaria a la salida del instituto. Le doy las gracias por lo que, supongo, es una forma cálida de despedida, y se levanta para recoger sus pertenencias antes de abandonar el avión.
Más tarde, en el autobús que me lleva desde el aeropuerto a la estación de metro de Rechnoy Vokzal, el legendario 851, compruebo que el verdadero peligro es la sociedad rusa para sí misma: ese moscovita de las afueras, hostilizado, resacoso, que madruga para ser engullido por la rueda rutinaria de la gran ciudad.
[…]
5
DE JULIO. 14:30, hora de Moscú. Mongolia empieza a dejarse ver bajo el finísimo cedazo de las nubes: alguien muy cuidadoso con una espátula de madera ha intentado extender el chocolate por encima de la tarta una y otra vez, mientras una y otra vez han quedado pliegues y más pliegues. Reino de lisuras, aquí lo liso es imposible.
El aeropuerto tiene un ligero toque budista en el ribete que culmina cada uno de sus planos. Su nombre: Gengis Khan. Contra pronóstico, no hay nadie esperándome. Mis compañeros de viaje, unos en grupo, otros solos o en parejas, se van diseminando entre los coches y los autobuses que vienen a recogerles. Me llueven las típicas ofertas de taxi. No hago caso. Cambio dinero. Disuelto ya el pasaje, un joven bien vestido me pregunta si soy francés. Digo que soy español y no parece ser una nacionalidad que tenga catalogada. No obstante, y por propia iniciativa, se interesa por mi destino. Le digo que voy al Parque Nacional de Hustai, y que alguien de la organización debería estar esperándome. Se ofrece a llamar desde su teléfono móvil al número de contacto en Ulan Bator que figura en los papeles remitidos por la agencia. Habla en un idioma inédito, sin los monosílabos del chino, con el fluido gutural y chispeante del turco. Cuelga y se vuelve a dirigir a mí en su inglés correcto. Al parecer, tengo que ir en taxi a la dirección escrita en el membrete de la carta. Le doy las gracias, intento ofrecerle algo de dinero pero veo lo extemporáneo de ese gesto. Más bienvenido que esos conductores con el nombre de uno puesto en un cartel, este espontáneo samaritano ha hecho que automáticamente me caigan bien todos los mongoles.
El taxista es un chaval de unos veinte años. Un antepasado suyo atemorizó a media Europa a lomos de un caballito que parecía de juguete. Yo vengo hoy a observar a los antepasados salvajes de aquel animal. Conduce con jovialidad. Nos dirigimos a la capital, a menos de media hora en coche. Aparecen ya las colinas verdes con la rebaba del viento en los bordes, más escarpadas que las que habitualmente se ven en los folletos de viaje. Hay una profundidad casi desoladora en este paisaje, salpicado de tiendas de campaña blancas y todo tipo de ganado pastando a su albedrío por doquier. Similar, en su dimensión y soledades, a las de puntos tan distintos y distantes como Lanzarote o Siria, he aquí la montaña sola, sin vegetación visible, a plena luz. Una puerta en forma de arco da paso al valle en el que espera Ulan Bator. La ciudad aparece, junto a su magro río, entre el polvo y la neblina. Veo grupos de gente en las cunetas esperando el paso de microbuses no numerados, aparentemente espontáneos, igual que a la salida de Hamán o Damasco: la improvisación de un transporte público. Las calles sin asfaltar se suceden. Los mongoles van a trabajar, tranquilos, cariacontecidos, dignos. Nos adentramos en una barriada de pisos viejos pero de una arquitectura sobria, casi solariega. Las calles están llenas de baches, barro. Hay un pequeño edificio que parece un burdel con cuatro columnas en forma de estatuas de mujeres desnudas, a modo de pequeño porche. Unas muchachas de menos de veinte años dan su réplica de carne y hueso a las esbozadas cariátides. No parecen prestar demasiada atención al taxi. Nadie parece prestar demasiada atención a nada o a nadie. En el solar contiguo, la hierba crece al pie de la desvencijada valla de madera, y unos hombres sin camisa vocean mientras juegan a las cartas. Entre el restaurante con apariencia de burdel y la timba a descampado, está el edificio de las oficinas del Parque Nacional de Hustai. Me esperaban ayer. O quizá no me esperaban. Tomo té mientras, a su vez, yo espero: en dos horas estaré en el Parque.
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7
DE JULIO. 06:00 horas. Los caballos se recortan contra el perfil de la neblina y la serrezuela al fondo es como un reflejo suyo bajo el cielo cubierto de nubes. El despertar del mundo es así, fue así, tenía que ser así. El hombre se pregunta qué hace aquí, en esta inmensidad que sólo otros más aguerridos parecen atreverse a conocer. Cuando viajamos en grupo al extranjero, no salimos nunca de esa burbuja o placenta de familiaridad que constituyen el idioma y la cultura. A veces, nos reímos con nuestros compatriotas de los hábitos más chocantes en el país que visitamos, aquellos que más se alejan, aparentemente, de nuestra rutina; y esta puesta en solfa no funciona sino como un precinto o freno para no caer en lo desconocido. Ese es el desasosiego que embarga cuando se viaja solo, el no hacer pie que llena la cabeza de preguntas resumidas en una: qué hago aquí.
Cada mañana percute este paisaje en la mirada igual que los cascos sin herrar de los caballos. Los dirige un hombre que monta uno de ellos y va de pie sobre la silla de madera. Suele bajar al trote, lo que da al sonido la continuidad de la pezuña a ras de hierba. El mongol sólo cabalga en casos de necesidad y el caballo se ha hecho a ese andar con prisa que caracteriza su morfología en estas latitudes. Los hay tordos, bayos, de algún color más claro. Y un takhi viejo, que ha perdido su harén hace ya tiempo y vaga como un boxeador sonado por las inmediaciones del campamento. Iris, que así se llama, fue uno de los primeros Przewalski traídos al Parque a principios de los noventa. Vino del zoo de Rótterdam. Los caballos domésticos le aceptan y acompañan. No es mala vejez. O sí lo es si se compara con la vida de Amar, un macho que observé ayer, pletórico entre sus yeguas y su potro.
Magnífico animal el takhi, el caballo salvaje euroasiático presente en las pinturas rupestres, inmortalizado ya en la paredes de roca desde tiempos prehistóricos; habitante de los enormes pastizales y bosques que cubrían el arco comprendido entre lo que hoy llamamos Finisterre y Vladivostok. La variedad del norte y oeste de Europa se denominaba tarpán, y apenas si sobrevivió a épocas históricas. En el este y en Asia, esta especie que Przewalski y Poliakov catalogaron en 1881 se refugió en las espetas hasta bien entrado el siglo veinte. Es como un embrión formal del caballo que todos conocemos en sus múltiples variedades a lo largo del planeta: la crin corta y empinada, el hocico blanquecino, aún no muy perfilado, la enorme cabeza y la mandíbula triangular. Toda su morfología les acerca casi más a la cebra, y tienen rayas en la parte inferior de las patas. Parece que también el takhi, como nosotros, viene de África. Casi está más próximo al asno salvaje que a los caballos andaluces, o a los purasangre ingleses. Incluso los caballos que montan los mongoles, vistos junto a Iris, delatan claramente el tramo evolutivo que los separa. Hay algo en el perfil del takhi, reforzado en invierno cuando el pelo abundante borra un tanto sus contornos, que lo confirma como el banco de pruebas de nuestro équido: es un caballo en potencia. El borrador de un caballo.
Y sin embargo, este caballo existe. Existió, recorrió sin más molestias que la depredación natural del lobo todo nuestro viejo continente. Las cuevas de Lesclaux o Altamira le recogen en sus frescos, donde es invitado con tintes primitivos a manifestarse para ser capturado. Allí aparece, con su crin, su abultada panza, y esa promesa proteínica en los lomos. Porque el takhi nunca ha sido domesticado. Alguno de los primeros científicos que se interesaron por él a principios del siglo XX llegó a embridar, ensillar y montar algún ejemplar. Hay fotografías de esa dudosa gesta. Sólo las derivaciones más dóciles conocieron la presión de las nalgas del hombre. Y por eso también es tan especial este proyecto neerlandés que ha pasado por hacer realidad toda una utopía: recuperar los ejemplares que quedaban en zoos diseminados por Centroeuropa, habilitar un marco natural que les acogiera, crear una cabaña base y restaurar el takhi al equilibrio de la estepa. Mongolia, desde su veneración por el caballo, y quizás un sentimiento de responsabilidad histórica —aquí se extinguió el último ejemplar en estado salvaje en los años sesenta—, ofreció un entorno ideal, las montañas de Hustai, que quiere decir “abedul” en mongol. Unas estribaciones de entre mil quinientos y mil ochocientos metros con abundancia de navas, prados y el árbol del que toma el nombre el parque. Y aquí, entre una paz secreta pero latente, pasta Hangai, mi macho de hoy, con su nutrido harén.
También aquí, no diría que oculto, pues los caballos saben de sobra que estoy a pocos metros de distancia, sino camuflado entre los árboles, incordiando con mi presencia a una colonia de urracas parlanchinas que mimetizan perfectamente el tronco blanquinegro de los abedules, anoto cada diez minutos su actividad y sus coordenadas norte-este, durante cuatro horas. Datos que luego un equipo de científicos, todos ya mongoles, utilizan para trazar las sendas del takhi por su nuevo hogar, aprender más cosas sobre su comportamiento y conocer el número de individuos que estos pastos, sin duda ricos pero no insondables, pueden albergar con suficiencia.
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Viaje al ojo de un caballo. Veinte días en Mongolia, Artemisa ediciones, 2007
30-09-2008 · Artemisa Ediciones
Artemisa Ediciones edita un fascinante viaje a la Mongolia de los últimos caballos salvajes del planeta. Este libro, de Carlos Jiménez Arribas, lleva por título Viaje al ojo de un caballo.
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