Planeador · Obra · JIMENEZ ARRIBAS

traductor literario: narrativa, poesía, ensayo

Castellano

Planeador

Planeador (La Playa del Ojo, 2003)

El primer vencejo entró por el sur, volando a gran altura desde el valle, como si hubiera querido sortear con suficiente holgura los primeros cerros, y ahora, ya sobre la vaguada que marcaba el final de su trayecto, volase mucho más arriba de lo acostumbrado en un ave tan pequeña. Solo en el azul del cielo, se dejaba acariciar por vientos predecibles, quizá desconcertado ante la ductilidad de los virajes, más parecido a un buitre extraordinariamente aerodinámico y señor indiscutible en las alturas.            
Pero era un vencejo, por fin un vencejo. El primero en la hora larga que llevaba tendido encima de aquella roca desde la que se ganaba un ángulo de suave precipitación sobre toda la cañada. Semanas atrás había descubierto esta atalaya, un punto por el que tantas veces debía de haber pasado sin detenerse. Y allí esperaba.            
Entonces, tumbado boca arriba, sin otra preocupación que definir el color del cielo —de un azul ya inquebrantable a últimos de julio—, le había sorprendido el vuelo rasante, a pocos centímetros de su pecho, de los avezadísimos vencejos. Y había sido su sonido, un matiz nunca previsto en el planear de aquellas aves, lo que le había llevado a sentir un interés fuera de lo normal por ellas. No era el chillido característico que emitían en el clímax de su vuelo. Eso lo descubriría después, cuando acertó a definirlo como un grito necesario de placer en el disfrute de las alas. Era más bien un bisbiseo parecido al de los bumerangs, algo mágico y fuera de este mundo que pasó veloz ciñendo su cabeza y le hizo incorporarse de un vuelco encima de la piedra. Y aquella caricia sonora imposible de reproducir con elementos humanos —se había sorprendido a sí mismo ensayando complicadas secuencias de silbidos de vuelta en la ciudad— le había llevado de la mano al otro, al regocijado griterío de docenas de vencejos cruzándose y solapándose en el azul intenso. Y puede que fuera entonces cuando pensó que aquellas aves, entregadas a la plenitud de la aerodinamia, perderían el sentido de la vista como se pierde en todo trance, y emitirían entonces el chillido para avisar de su fugaz presencia a las demás. Y por fin había aislado al planeador del entorno natural que le envolvía a él sobre la piedra como a un pez el agua.            
No dejaba de pensar en la brusquedad de su descubrimiento. Inmerso en el paisaje, rodeado por el relieve suavemente encrespado de los cerros, con la vacada en los prados de abajo mugiendo y haciendo resonar esquilas con cadencia apenas perceptible, había tenido que ser agredido de aquella forma, se había tenido que sentir invadido en su pequeño espacio vital por uno de aquellos pájaros que parecía confundirlo con un pliegue de la roca para despertar al espectáculo impagable que ahora esperaba con anticipación casi enfermiza.            
De vuelta en la gran ciudad, muchas tardes había buscado rincones propicios a su vuelo o había meditado acerca del fenómeno. Y allí había concluido que la fascinación le venía dada por lo que sentía y no por lo que en un primer momento había pensado: lo visible. Allí, lejos de su inmanencia, había descubierto que lo que le fascinaba del ritual que sobre su vista desplegaban los vencejos era sentirlos junto a él, tener la sensación tremendamente física de uno de ellos cortando el aire en lacerante vuelo a unos centímetros de su cuerpo contraído y expectante. Sentirlos, no ya verlos, pues el placer era mayor si se cerraban los ojos y entonces todo su cuerpo, toda la roca debajo de él se plegaba en una eternidad mezcla de pánico y anhelo que quebraba el frenesí del volador.            
Y ahora, al cerrar los ojos bajo el peso de todo lo que le rodeaba sustentándolo, volvió a ver al vencejo.
O acaso lo sintió. No recordaba si la forma oscura y distante, anormalmente remota, había entrado con nitidez en su campo de visión sobre el fondo azul; o si por el contrario fue sólo consciente de su presencia con los ojos cerrados, a través de la fina membrana de los párpados. No podía precisar si lo había visto, y luego había caído en su elevado vuelo; o si primero fue sentirlo para después, sólo después, ya verlo. Y le fascinaba esa proximidad de todo lo que precedía a la manifestación del ave para con su cuerpo. Por primera vez sentía que tenía acceso al exterior a través de algo más secreto y confiable que la propia vista y que bebía el mundo con su solo cuerpo así entregado e incandescente. 
De una u otra forma, el vencejo estaba allí, volando extrañamente despacio hacia el centro de la cañada donde un remonte del alcor hendía los prados y hacía que se bifurcasen en pendiente. Uno hacia el norte, sobre el que proyectaba su sombra la roca que le servía de mirador; otro al oeste, perdido tras las crestas enramadas del otero. Una vez allí, sobre aquel punto centrífugo, la tenue forma desapareció en el disco del sol aún restallante. Como una media luna de acero, el pájaro entró latiendo en el crisol y nuevamente fue el azul intransitado del cielo.            
Abajo, la vacada mugía acompasadamente, y algún becerro vagaba de una a otra res buscando su sustento. Más cerca de él, en la incipiente ladera junto al prado, un pilón de agua bullía bajo el sol, su brillo silenciado por las ovas entretejidas en el agua como plancton o pequeñas islas. Parecía natural que los vencejos hubiesen elegido aquella vaguada para alimentarse al caer la tarde. No hacía falta saber mucha biología para deducir que la vacada convocaba un alto número de parásitos, insectos que al ser emitidos al atardecer como un aura nutritiva e invisible ascenderían en el aire calentado por el sol hacia las bocas vertiginosas de los vencejos.            
Pero aquella tarde parecían demorarse. Intentó recordar y pensó que dos semanas atrás la declinación de la luz había sido mayor; que había ahora demasiada claridad; que su deseo por contemplar de nuevo el evento le había impelido a inventar cualquier excusa y salir antes de lo necesario. Que aquel primer vencejo ya desaparecido abría inusitadamente el espectáculo sin duda por venir. Que merecería la pena esperar.            
Fue entonces cuando oyó a la yegua. Absurdamente casi, el estertor característico le sacó de su quietud; se sentó sobre la roca y dirigió la vista al norte, donde cernían la cañada algunos pinos. Había esperado oír el nítido chillido, o los mugidos cadenciosos junto al mar de las esquilas; pero aquel sonido nasal, casi obsceno en su violencia, irrumpió sin ser previsto, y se preguntó qué hacían allí las yeguas, de quién serían o si le estarían mirando. Y nada vio entre los chaparros, ni siquiera con su mano haciendo de visera frente al sol.            
Absorto en lo que parecía una espera sin fin, rememoró contra el vacío del cielo el vuelo de otros pájaros. Pensó en el halcón, tradicionalmente identificado como el volador más rápido, con una destreza que hacía de los cazabombarderos fabricados por el hombre torpes avutardas. Pero el tránsito por el aire del vencejo tenía algo de gratuito, quizá de innecesario, pensó, que no encontraba en el rasgado del halcón, turba ascendente en pos de la chova, o rey indiscutible del picado hacia el encuentro sordo y dulcísimo con el pecho del torcaz. Era como si el vencejo, al perseguir presas no visibles a sus ojos, adquiriera la dignidad del diletante y todas sus elaboraciones en el aire tuviesen como fin un goce estético sin recompensa proteínica que hacía del halcón un simple mercenario. Pensó después en otras aves, y ni siquiera el parpadeo de los gorriones cuando cruzan asustados la distancia que separa el nido de la seguridad de los tejados podía hacer sombra a la divagación de los vencejos.             
Pudo haber pensado en algo más pero de nuevo la insolencia de la yegua le sobresaltó, ahora —hubiera jurado— algunos metros más abajo, más cerca, impredeciblemente más cerca. Pero otra vez no distinguió nada, ni siquiera ahora que el sol ya no embestía de frente con sus rayos. Nuevamente permaneció sentado y nuevamente paró los ojos sobre el agua del pilón, ya calculando la distancia, dando por fin por descontado que bajaría a beber después de estar saciado con el vuelo del vencejo.
Tenía cerrados los ojos y cuando los abrió ya era tarde, ya había cruzado a un par de palmos de sus ojos el vencejo. Voló cañada abajo, y, medio incorporado encima de la piedra, sólo pudo distinguir cómo desparecía entre las encinas ya en el monte. Sin duda era el mismo que había avistado antes. Aquel ejemplar distante y único que ya sobre el alcor habría retomado la medida de su vuelo y ahora se lanzaba al raseado descendente en busca del perfil de la ladera, dibujando a escasos centímetros de las rocas el contorno declinante de la tierra loma abajo. Había dibujado una trayectoria opuesta, de norte a sur, a la que lo llevara a la cañada, y no pudo evitar una sonrisa de felicidad que partió sus labios transitados por el sol abriendo un surco rojo entre sus dientes. Pasó la lengua por el leve hilo de sangre y contuvo en ese gesto la certeza; fue dueño del instante en el que el vuelo una vez más inesperado de aquel ave le había compensado como una conmoción en su impaciencia.            
Se dejó besar por el sol último, tendido encima de la roca con los brazos abiertos, sintiendo bajo la piel desnuda las rugosidades del granito. En aquel estado de entrega irrevocable, mecido en el latir de la naturaleza, poco importaba oír una vez más el estallido de la yegua, seguramente también ahora ilocalizable. O más bien parte del todo que latía alrededor; como era parte el agua en la pileta, algo que tampoco veía y no por ello había dejado de existir. Las golondrinas seguían abonando el silencio, pasando a formar parte ya del mismo; y todo lo que no fuera la caricia extinta del vencejo era la magnitud de un mar que vuelve tras el paso de algún barco a colmar la tenue estela que ha dejado y a restaurar así su azul y su silencio.            
Pasó un espacio indeterminado de tiempo y ya la luz se parecía al marco auspiciador del primer día, cuando la vaguada se había llenado de vencejos. El vuelo del primero de ellos le recordó que también entonces las aves habían acudido de una en una; y sólo la amenaza de una de ellas sobre su cabeza le había hecho consciente del número cada vez mayor y más ruidoso. Todo ello le hizo alimentar nueva esperanza y se incorporó para liberar su espalda de la holladura de la piedra. Pero apenas tuvo tiempo para arquear los brazos y cerrarlos en torna a sus rodillas, pues inmediatamente otro vencejo —¿o era el mismo que ya había remontado la ladera?— cruzó en un sentido nuevo, perpendicular a los demás, surgiendo a gran velocidad detrás de donde estaba sentado, rumbo al oeste sobre el clamor del valle. También la forma de vuelo ahora era distinta. No se parecía a la inmovilidad de las alturas en la dominación del aire; ni al acerado vuelo de bajada que tanto le había fascinado una vez más. Ahora semejaba un hélice. Volando a escasa velocidad, el pájaro mostraba un control supremo sobre la corriente que lo catapultaba, girando en la mitad del cielo como un molinillo que avanzaba hendiendo el aire para luego, ya en el centro, detenerse súbitamente y emprender el movimiento opuesto en un escorzo indescriptible. Había descubierto que a diferencia de todos los otros pájaros, los vencejos no volaban, no percutían sus alas, sino que transitaban por el aire con toda la extensión del cuerpo entregándose a su medio como un delfín que tiene por timón y propulsor su propia columna vertebral. Pero este último movimiento era algo nuevo, era la entrega total; no como el águila o el buitre o el propio vencejo antes al entrar al cerco en los alcores. Se daba el ave al aire plegando levemente las alas en torno al eje de su cuerpo y dejando que el viento elegido las hiciera girar como un disco sin lanzador ni dueño hacia la dirección apetecida, para luego quedar suspenso un instante, como muerto, y dirigirse con inopinada fuerza hacia otra dirección completamente inverosímil.            
Nuevamente el cielo quedó desierto y persistió la duda en su cabeza, pues no sabía con seguridad si aquellas tres apariciones habían sido reales o sólo fabricación de su memoria. Aquella otra tarde los vencejos se sucedían, se continuaban, y tejían sobre el cielo la tela de su propia realidad, de manera que su manifestación era innegable, palpable, como un tapiz que se pudiera cortar. Incluso si él no hubiera estado allí podría haberse dicho que aquella tarde el cielo estaba lleno de ellos. Pero ahora, tras encontrarse sucesivamente con el azul vacío, y sobre todo con el ensordecedor silencio, se cuestionaba la visión, no por nítida menos irreal, pensaba,  del vencejo.            
Un nuevo aviso de la yegua y volvió a sentir la piedra bajo las piernas. No podía ser que hubiese estado todo el tiempo escuchando el palpitar del valle y sólo lo hubiera roto aquel estertor. La latencia de la tarde, los intervalos que la recorrían y la hacían cierta y habitable, no podían reducirse a aquellas emisiones imprevistas e inconscientes. Tenía que haber un ritmo más certero que imprimiera su tesón al tiempo que llevaba allí subido. Y esa cadencia no podía ser otra que la del vencejo apareciendo consecutivamente, trazando un caprichoso poliedro con sus trayectorias sobre la vacada y el silencio. 
Dos buitres vinieron volando desde el sur, siguiendo la misma línea que el primer vencejo, pero a mayor altura. Podía ver que eran dos buitres por su inmovilidad y por la forma de las alas que ocasionalmente temblaban en el aire dando continuidad a aquel vuelo majestuoso. Antes de llegar al centro de la vaguada dieron dos vueltas en lo alto como buscando un único camino fuera de aquel círculo. Luego el primero enfiló decididamente el noroeste y el otro lo siguió con un latido imperceptible de sus alas. Unos segundos después habían desaparecido, y hubiera jurado que no se movieron, que habían salido fuera de su campo de visión como un decorado que alguien lleva en brazos o un paisaje equivocado que se muda de salón.            
El sol ya había desaparecido y todo quedaba en ese estado de inmanencia e irreprimible anhelo que no podía llamarse tarde ni noche ni ocuparse en nada más que en su contemplación. Pero el cielo no era tan nítido como en aquella otra tarde y ahora podía ver las entretelas formadas por infinidad de trazos blancos rasgados allá al fondo. De vez en cuando creía oír aquel sonido que le había convocado sobre la piedra y precedía la aparición nunca esperada del vencejo, del único vencejo. Pues el visitante de esa tarde era el mismo ejemplar y todos los otros que viera antes no habían sido sino las múltiples posiciones recogidas por un ojo fulminante, las distintas trayectorias por el aire del único vencejo, aquél, el invisible, el que ahora negaba su forma a los ojos y se convertía por eso en el indiscutible planeador .            
Volvió el resuello de la yegua, que parecía no haberse movido desde la última vez, ya tan cerca. Y volvió a brillar el agua con una luz más acerada. Hoy ya no bebería.            
Un coche blanco avanzaba perezosamente por el camino hacia el centro de los prados. Lo veía venir desde su izquierda remedando la línea dibujada antes por el vencejo, más tarde por los buitres, y se preguntó si ése sería el único acceso a aquella paz. Dentro había niños, y se escuchaban sus gritos de excitación conforme el coche ganaba lentamente el fin de su destino. La vacada reaccionó dejando de pacer y acercándose al punto donde el auto debía parar. Se empezaron a elevar mugidos y la anterior cadencia se desmoronó trizada en mil finísimos cristales. Quizá trajeran sal para las reses o simplemente pienso. Las vacas conocían el vehículo del amo o del capataz y acudían al semicírculo formado en torno a un parche de verde menos denso. Bramaban cada vez con más fuerza y sus mugidos ascendían por la cañada hasta reverberar sobre las piedras.            
Resignado, dejó mecerse en el estruendo su ilusión con la conciencia de que había días en que los vencejos no salían a cazar y aquél era uno de ellos. Haber localizado a la yegua sería una compensación, pero ya no se molestó en buscar, y se puso en pie dando la espalda a la cañada. Cuando empezaba a subir por la suave pendiente de la roca que le había servido de atalaya sintió ganas de orinar y se dispuso a hacerlo al borde. Recordó los tiempos cuando niño y puso sus manos como entonces para forzar un arco con el líquido sobre el pequeño precipicio ante sus pies. Formaba así un hilo entreverado por el sol que en la mitad de la parábola era un cordón dorado y destellante. Siguió la pendiente pero no alcanzaba a ver el lugar donde chapotearía sordamente encima de la tierra seca. De pronto se acordó de aquellos cuentos con desenlace sorpresivo y casi siempre trágico, y pensó que un buen final para aquella tarde era inventar que, sin él saberlo, el chorro estaba cayendo sobre el mismo lomo de la yegua, justamente allí donde el pelo se partía en dos vertientes sobre la cruz del espinazo. Que el animal saltaba asustado. Que su relincho y la brusquedad de su salto le desequilibraban. Que caía con golpe opaco sobre el lodo. Que agonizaba allí tendido mientras seguía orinando. Que la yegua, en fin, le miraba a cierta distancia sin comprender y sacudía las moscas de su crin como un mal sueño.
Pero era inútil: no había nada debajo, sólo el vacío. Y además, nunca caería. Porque el chorro no emanaba de su cuerpo. Era más bien una delgada columna que le sostenía y le unía como un vínculo sagrado a la respiración acompasada de la tierra.  

Publicado en la editorial La playa del ojo, en 2003        

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