SOY EL HOMBRE
Soy el hombre que atiende a la sublimación del verde en los trigales, oye la voz inédita del grillo en la mitad del día y sabe que otro tiempo primordial le estalla entre las manos: concibe ciego el corazón y mudo el valle.
LOS CIELOS
Silencio es el rumor que dócil en la luz se invierte. Es lo que calla. Es lo que vuela. Lo inmóvil de la gravidez que a todo lastra. Lo que en contemplación se sabe detenido al fin, se sobrevuela. Más cierto que la luz y más celeste, sumido en esa música sin aire de los cielos, sin tiempo que el espacio no apague en lo que estrena, en lo que apenas toca y ya es desheredado en breve usura por la luz. Por el silencio antes de ser la voz, el pájaro.
PIEDRA DEL BARCO
Piedra del barco que navega, plomo del mar: la tierra es un milagro en la extensión del mundo océano. No la navegación, el faro, o la inconstancia de los pájaros. No: la permanencia. Desarbolado el mástil, la cruz nace en los brazos y muere como el miedo en el estómago. Ave que extiende así las alas anuncia la proximidad de un horizonte, luego sucumbe al vértigo de la ficción y cae la tarde sobre un mar que a barlovento es báratro. Con la verdad el hombre abraza la virtud de lo que cae al mundo. Breve aparejo —enfrente está la tempestad— el pájaro es sacrificado y la tripulación devora el signo.
LA BACANAL
Tiziano
Fiesta que un dios no puede no perderse y el ardor del vino entre los árboles. La bella duerme su extensión fuera del cuadro y las parejas bailan en la luz que ella detenta. Ella, o el éxtasis sin nombre de sus pechos asimétricos. Al fondo, el mar es sólo una utopía, un gesto azul más tenue que los montes. Y la mirada insiste, ebria, en la espuma de los cuerpos, en el exceso. Noticia verosímil de la evolución, las mujeres beben de los platos, ignoran al escanciador, conversan. Y todo el peso del licor sobre los hombres es sólo un éter que en la arena orina el niño.
MADRE NUESTRA QUE ESTÁS EN LOS SUELOS
Eva: habían descubierto la huella de tu pie fosilizada en África, quizá de aquella vez que andabas aún descalza por la senda del almizcle, el rastro que dejaron tus pisadas en la peregrinación del agua anticipándose al desierto, tu huella cuando sola y en cuclillas comenzabas a parir ya para siempre, y tú como si nada en ese bar, bebiendo a morro la cerveza, haciendo trampas al blackjack, liándote esos cigarrillos tan bien hechos que te daba no sé qué encenderlos.
EL ÁNADE
Un cisne corta el tráfico de la M-30
Titular de periódico
El ánade salió de su quietud, quiso vivir el vértigo del mundo, atravesó barrotes y balizas, semáforos en rojo, en ámbar, líneas continuas, y se paró como un gran signo de interrogación en el carril de la derecha. Taxistas, camioneros, conductores de ambulancia, hombres a punto de nacer, mujeres fuera de sí mismas no habían visto nunca al dios tan cerca. Ni tan desafiante.