SONETO
Ojos quietos en vos (¡Señora, si supierais!),
bien pueden retirarse entre crecientes lágrimas.
No miro donde todos: con bajo instinto y pulso
su pasional halago os roza. Es mi mejilla
la única que no se asombra a vuestro paso.
Se inclinan vuestros párpados y con rubor responden
a la obediencia que reluce irreprimible
en todos menos en mis labios: si perdura
su acento en vuestro oído, si vos me recordáis
como era en mi quietud, prudente, siempre pálido,
al lado del acólito cuyo encendido ceño
nimbaba aquel fervor, “Por encima de todos
mi belleza”, diréis, “es lo que prevalece
salvo sobre uno sólo”: ¡Señora, si supierais!
EXORDIO DE ARTEMISA
Soy una diosa de las cortes de ambrosía,
y sólo Hera, reina del orgullo, me supera;
ninguno más de aquellos cuyos templos blancos pueblan este mundo.
Ruedo mi luna lúcida en el curso de los cielos;
derramo en el infierno paz sobre mi gente pálida;
sobre la tierra, yo, guardián de las criaturas, cuido
cada preñada loba parda y cada zorra de lustrosa piel,
y toda prole de emplumada madre primeriza,
y todos los que buscan verde monte y soledades.
De entre los hombres, son los castos los que cuelgan
coronas de amapolas rojas, casi negras, flor y tallo,
para adorar la imagen que de mí hay en Atenas;
y este mancebo muerto sobre el que se inclina Asclepio
era el más caro para mí. Quiso seguirle el paso a mis coturnos
por selva inculta y por boscosas sendas,
quiso acosar al ciervo fatigado, o con veloz saeta
cazar la onza veloz, abatir al leopardo,
y descuidó sus votos a otro dios.
Y por ello Afrodita, ajena al humo nocturnal
de las candelas, envió, llena de celos,
una rija nociva que, cual aguijón de tábano,
se apoderó de su madrastra Fedra, por el cuerpo
del hijo de Teseo, gran esposo ausente.
Y al proferir Hipólito en su ira
contra la furia de la reina, esta juzgó
la vida insoportable, y, ofendida en lo más hondo,
por el desprecio que ese extraño de la estirpe de Amazonas
le profesaba, pereció por asesina cuerda:
pero antes de morir, minó en un pergamino
la fama de quien su ceguera no pudo cegar.
Y que Teseo leyó, a su vuelta, y le dio crédito,
y ya nublado por la ira condenó al exilio
al hombre sin delito que, en todo momento fiel
no reveló a su padre nunca la verdad.
De Poseidón, Teseo había conseguido
que tres de sus deseos se cumpliesen
y al punto le pidió el primero: “¡Vivo
no pise nunca Hipólito otras tierras!”.
Y Poseidón le oyó, ¡ay!, y apenas aquel príncipe
calzó las formas rígidas del carro
que dan sostén al pie frente al empuje
de los caballos enecianos, y se ató
las riendas a su cuerpo y les lanzó al galope
sobre las rocas y guijarros de la playa,
cuando del seno de una ola un monstruo alzó
su cuerpo obsceno y lo interpuso a los corceles.
Estos, enloquecidos de terror, mientras el león marino
se revolcaba entre sus pies, perdieron el cuidado
de aquel que los criara; y se quebró la lanza
del carro entre sus saltos como un junco.
Hipólito, trabado de ambos pies,
fue propulsado hacia delante por las riendas
sujetas en sus manos; no abortaron
el frenesí de aquel galope los arneses,
y el eje y las astillas del aciago carro,
cada ciclópea piedra, tronco y espinosa concha,
cada descomunal espina de pescado semioculta entre la arena
de aquella detestada playa se cubrió de sangre
y trozos de su carne: entonces se estrellaron los corceles
con sus cabezas enlunadas contra el suelo,
temblando de sudor, ojos en blanco y de pavor ya fijos.
Su pueblo, que lo había presenciado todo desde lejos,
llevó de vuelta a la ciudad lo que quedó de Hipólito.
Pero cuando su padre se alegraba, henchido de un orgullo atroz,
(tan indomable como un hombre señalado por los hados)
de que el enorme Poseidón hubiera respondido a su plegaria,
yo, visible en un raudal de gloria ante sus ojos,
parada junto al cuerpo aún con vida de mi acólito, los hechos
uno por uno revelé, como en verdad tuvo todo lugar.
Entonces fue Teseo el más aciago entre los hombres.
Lo merecía; pero antes de que el velo de la muerte le cubriese
la cara, el heredero asesinado perdonó con su postrer aliento
el ímpetu paterno. Ante lo que Atenea se lamenta.
Y yo, que no abandono nunca a mis acólitos,
para que no me falte en el camino ofrenda de panales,
ni mano que degüelle para mí a los perros;
y para que los sacerdotes en mi templo, sin consuelo,
no vistan mis imágenes con pálidas coronas
ajadas, dadas de favor, y tengan el coraje de objetarles
tal falta de atención a mis devotos, ya entregado
su corazón fiado y su repleta mano a otra deidad,
dado que tras subir hasta el Olimpo para interesarse
por Artemisa en parte alguna hallaron su sitial,
yo intervine: y en esta noche llena de sucesos,
en la que el populacho permanece al lado de la pira funeral
con fiera luz sobre las túnicas de luto que rodean
el duelo de sus frentes, cortándose el cabello
sobre el cadáver de su príncipe marchito,
y en la que está postrado el gran Teseo en su palacio
junto a un hogar sin fuego y con la frente fría cual la lápida
sobre la que se laceraba, mientras llora el peso de su pena,
mientras la pira se derrumba bajo el peso de los troncos,
puebla la oscuridad de multitud de chispas,
y el fuego jubiloso, henchido de poder,
se eleva cual serpiente por encima de los cuencos
de vino, disolviendo los aceites y el incienso
y el esplendor de la resinas, todo mi poder
llevó al mortal que había perecido hasta mi abrigo
entre estos árboles tres veces venerables.
Y este hombre sabio con su barba blanca que ahora exprime
las bayas de la planta es el hijo de Apolo, el afamado
Asclepio, a quien mi esplendoroso hermano reveló
la ciencia de la hierba, de la flor y la raíz
con sus virtudes más secretas, para así extraer
de todas sus salvíficas esencias: él sanó
con algas la maltrecha frente y las mejillas vulneradas,
le devolvió al cabello compostura y nuevo lustre,
repuso el rojo que perdiera la piel pálida,
y le tornó a la carne hecha jirones la tersura,
y la relajación a aquel rigor de los tendones
en cada miembro torturado. Este es su cuerpo,
como si sólo el sueño con su paz lo poseyera
bajo esta red de robles y de pinos. ¡Te animamos,
divino portador del cetro del cauterio,
tu sierpe, con garganta ardiente y ojo arrullador,
en su extensión, ágil, se enrosca! ¡Mucho te animamos!
¡Procede tú con lo mejor de tus remedios!
Vosotras, blanca multitud de ninfas de los bosques,
proveedle según diga con los brotes y las hojas
que crecen en la hierba alrededor de ambos, mientras yo
espero con silencio y emoción el acontecimiento.