Ensayo · Traducción · Mediación literaria · JIMENEZ ARRIBAS

traductor literario: narrativa, poesía, ensayo

Castellano

Ensayo

R. W. Emerson, Obra ensayística (Artemisa, 2010)

Ensayo

           
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El poeta es el que dice, el que nombra; y representa la belleza. Él es el soberano, y ocupa el centro. Porque el mundo no tiene pinturas ni adornos superpuestos, sino que es hermoso desde el principio; y Dios no ha hecho unas cuantas cosas bellas, sino que la Belleza es la creadora del universo. Por tanto, el poeta no es un potentado indulgente, sino un emperador en todo su derecho. La crítica está infestada de un sesgo materialista que asume la destreza manual y la actividad como el mérito fundamental del hombre y menosprecia a los que dicen y no hacen. Pero olvida que algunos hombres, verbigracia, los poetas, son dicentes por propia naturaleza; han venido al mundo para expresarlo, y se les confunde con aquellos cuyo reino es la acción y a la que, no obstante, renuncian para imitar a los que dicen. Porque las palabras de Homero le son tan costosas y admirables a Homero, como las victorias de Agamenón a Agamenón. El poeta no espera al héroe ni al sabio, sino que, tal y como ellos principalmente actúan y piensan, también él escribe primordialmente aquello que ha de decirse; teniendo en cuenta a los otros, primordiales también, pero por lo que a él respecta, secundarios y ancilares: igual que modelos en el estudio de un pintor, o como los proveedores que le traen materiales de construcción al arquitecto.
            Porque la poesía estaba toda escrita antes del mundo, y siempre que logramos la sensibilidad suficiente para entrar a esa región en la que el aire es música, oímos los trinos primarios, e intentamos escribirlos; pero perdemos una y otra vez palabras, o versos, y los substituimos por los nuestros, con lo que el poema queda mal escrito. Los que tienen un oído más delicado recogen estas cadencias con mayor fidelidad, y sus transcripciones, aunque imperfectas, pasan a ser las canciones de los pueblos. Ya que la naturaleza es tan verdaderamente hermosa como buena, o razonable, y así tiene que aparecer: así tiene que plasmarse, o darse a conocer. Palabras y acciones son modos muy distintos de energía divina. Las palabras son acciones también; y las acciones, una especie de palabras.
            El santo y seña del poeta es que anuncia lo que nadie pudo predecir. Él es el verdadero y único erudito; él sabe y cuenta; nadie más que él nos trae la buena nueva, pues estuvo presente cuando apareció lo que describe y de ello tuvo conocimiento. Él contempla las ideas, y profiere lo que es necesidad y causa. Porque no estamos hablando ahora de hombres con talento poético, o de ingenio y habilidad en el metro, sino del verdadero poeta. Hablaba con alguien el otro día acerca de un escritor de poemas contemporáneo nuestro: hombre de mente sutil, con la cabeza igual que una caja de música, llena de delicadas melodías y ritmos, y cuya destreza y dominio del idioma nunca alabaremos lo bastante. Pero cuando surgió la cuestión de si era, no sólo un versificador, sino un poeta, tuvimos que reconocer que se trata únicamente de eso, de un contemporáneo, no de un hombre eterno. No destaca más allá de nuestras pobres limitaciones. No es como el Chimborazo en el trópico, que va desde la tórrida base atravesando todos los climas del planeta, con franjas de vegetación propias de cada latitud en sus aristas más altas y moteadas. Más bien, este genio es como el paisajismo de una casa moderna, adornada con fuentes y estatuas, con hombres y mujeres de esmerada educación que están de pie o sentados en los paseos y parterres. Oímos, entre tan variada música, el tono pedestre de la vida convencional. Los poetas que tenemos son hombres de talento que cantan, no los mismísimos hijos de la música. El pensamiento es secundario para ellos, prima el acabado de los versos.
            Porque no es el metro, sino el pensamiento generador del metro lo que a su vez crea el poema: un pensamiento tan apasionado y vivo que, como el espíritu de una planta o de un animal, tiene arquitectura propia, y adorna la naturaleza con su novedad. El pensamiento y la forma son iguales en el orden del tiempo; pero en el orden de su génesis, el pensamiento es anterior a la forma. Tiene el poeta un pensamiento nuevo: tiene entonces toda una experiencia inédita que desarrollar; nos dirá lo que le sucedió a él, y sus vicisitudes enriquecerán al resto de los hombres. Que la experiencia de cada nueva edad necesita renovada confesión, y el mundo está esperando siempre su poeta. Recuerdo, cuando era joven, lo que me emocionó comprobar una mañana cómo el genio había hecho acto de aparición en un muchacho sentado junto a mí. Había dejado su trabajo y vagaba por ahí. Ya de vuelta con unos cientos de versos escritos, no sabía si había expresado bien lo que llevaba dentro: no sabía nada, sólo que todo había cambiado, hombre, animal, cielo, tierra, mar. ¡Con cuántas ganas le escuchamos! ¡Con qué credulidad! La sociedad en su conjunto parecía depender de él. Tomamos asiento bajo la aurora de un amanecer que apagaría todas las estrellas. Boston quedaba el doble de lejos que la noche anterior, o a mayor distancia aún. Roma, ¿qué era Roma? Plutarco y Shakespeare estaban en decadencia, y de Homero ya nadie hablaría. Es mucho saber que se ha escrito poesía hoy mismo, bajo este mismo techo, al lado de uno. ¡Pero ese espíritu maravilloso no ha expirado! ¡Esos instantes imperecederos aún conservan chispa y ánima! Pensaba que todos los oráculos habían enmudecido, y que la naturaleza ya había extinguido sus hogueras, y fijaos: ¡Toda la noche han rezumado en cada poro estas finísimas auroras! Cada uno de nosotros tiene algún tipo de interés en el advenimiento del poeta y nadie sabe hasta qué punto le concierne. Sí sabemos que el secreto del mundo yace en lo más hondo, pero quién o qué será su intérprete es algo que desconocemos. Un paseo por la montaña, una cara nueva, una persona que no conocíamos pueden darnos la clave. Por supuesto, el valor del genio para nosotros radica en la veracidad de lo que cuenta. El talento puede retozar y hacer malabares; el genio percibe y aporta realidad. La humanidad, fervientemente, se ha beneficiado hasta ahora, para comprenderse a sí misma y a su obra, de que un vigía excelso en las alturas va dando de lo que ve noticia. Es la palabra más veraz que se haya pronunciado nunca, y su fraseo será el más acorde, el más musical: y la certera voz del mundo en ese tiempo.
            Lo sagrado de la historia da fe de que el nacimiento de un poeta es el hecho principal en toda cronología. El hombre, nunca hasta ahora sometido a tanto engaño ni con tanta frecuencia, aún espera la llegada de aquel de sus semejantes que le muestre una verdad el tiempo suficiente para hacerla suya. ¡Con qué goce doy comienzo a la lectura de un poema, algo en lo que confío como si se tratara de mi propia inspiración! Se rompen todas las cadenas; me elevaré por encima de estas nubes y estos aires impenetrables bajo los que vivo —aunque parezcan transparentes—, y desde el cielo de la verdad veré y comprenderé a los míos. Eso me reconciliará con la existencia, se renovará la naturaleza, lo nimio estará animado de intención, y sabré lo que hago. La vida ya no será puro ruido; veré a los hombres y mujeres, y conoceré las señales que los distinguen de necios y demonios. Tal día será mejor que el de mi nacimiento; entonces me convertí en un ser de carne y hueso: ahora se me invita a la ciencia de lo real. Esta es la esperanza; pero su fruto habrá de demorarse. Porque a menudo, este hombre con alas que, se supone, me tiene que llevar al cielo ha entrado de repente en una tormenta eléctrica, luego salta y retoza conmigo de nube en nube, diciéndome una y otra vez que vamos al empíreo. Y yo, que soy aún novicio y tardo en darme cuenta de que no conoce el camino, de que todo lo que quiere es deslumbrarme con su habilidad para el salto, como un pájaro o un pez volador que se levanta unos palmos de la tierra o del agua; comprendo que ese aire del cielo que todo lo traspasa y lo alimenta no lo verá jamás el hombre. Caigo a la tierra otra vez, vuelvo a mis recovecos, y llevo la misma vida de excesos que antes; pero he perdido la fe en que haya guía alguno que me lleve allí donde yo más quisiera estar. [...]


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