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PRÓLOGO
En el último documento escrito que se conserva de su puño y letra, la carta a Manuel Mercado, redactada poco antes de morir en el campo de batalla, José Martí (1853-1895) reconoce que su objetivo en esa lucha es tanto la independencia de Cuba de la metrópoli española como evitar que los Estados Unidos se hagan hegemónicos en Centroamérica. Y por una causa tan noble, por una causa tan doble, si se permite el fácil juego de palabras, bien mereciera la pena morir. Pero este enemigo de dos cabezas albergaba en su interior un habitáculo benigno, amical, en el que Martí pudo crecer y formarse como escritor. Por un lado, su obra fue escrita en gran parte en Nueva York. Desde allí escribió sobre los Estados Unidos y sobre Europa para periódicos hispanoamericanos, y también en inglés para publicaciones estadounidenses. Por otro lado, la tradición a la que se mantiene fiel hunde sus raíces en lo mejor de la literatura española. Así, entre el amor y el odio, parece que vivió, y escribió, el que puede ser considerado sin grandes exageraciones uno de los padres de las letras hispanoamericanas. “Amor y odio en José Martí”, podría haberse subtitulado entonces este prólogo. O “Vida y obra de José Martí”, pues una y otra se explican desde ese espacio entre Escila y Caribdis a ambos lados del Atlántico. Pasado y futuro de un imperialismo voraz con todo lo que crece al sur de La Florida y de otro que devastó el continente americano desde tiempos áureos. Martí intentaba huir de ambos imperios, pero a su sombra había crecido y crecería. No poca importancia tiene esa contradicción en su vida y en su obra. Estudiante en las universidades de Madrid y Zaragoza, su muerte, sin embargo, fue en combate contra las tropas españolas. Todo tras haber permanecido nada menos que quince años exiliado en Nueva York, ese “Norte brutal”, según sus propias palabras, abriendo mucho los ojos y escribiendo: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David”. En efecto: su honda es la palabra.
Y su lucha la escritura. Porque en pocos escritores se manifiesta de manera más raigal, dando sentido al mismo acto de escribir, esa dicotomía que desde antiguo viene persiguiendo a los hacedores de la palabra: la encrucijada entre las armas y las letras. Quizá habría que remontarse al Siglo de Oro español para hallar una fusión tan incardinada en el pensamiento de un escritor entre la necesidad de escribir y el llamado a la guerra. El lector hallará buena muestra de ello a lo largo de esta selección de ensayos, pese a no haber sido ése el motivo recopilador. Por todas partes Martí alude a la lucha en la escritura, a la escritura como lucha. Lo hace, claro, no por ejercitar el músculo caballeresco, ni por retórica amatoria alguna, dos de los motores de los caballeros Garcilaso de la Vega o Sir Philip Sydney. El soldado-poeta combatía por su dama, su religión o su rey. Es decir, luchaba por la conservación de un mundo y, en muchos casos, quizás los que ahora más nos enternezcan, caso del mismo Cervantes, por un mundo perdido. Martí, sin embargo, tiene delante de sí una causa nueva e inexorable: él busca ganar un mundo. Su compromiso doble, con las armas y con las letras, da como resultado un edificio también de dos caras: por un lado la emancipación de la última colonia española en América; por otro, y es lo que nos ocupa en estas líneas en definitiva, el legado de su prosa a las sucesivas generaciones hispanoamericanas. Sí, a eso se refieren los manuales de literatura cuando invariablemente catalogan a Martí como gran precursor del Modernismo.
Por eso este volumen pretende rescatar algunos de los textos de José Martí nacidos en el exilio de los imperios, escritos como una forma de acercar lo aprovechable de ambas orillas, de Estados Unidos y de España, también de Europa, a los ávidos lectores hispanoamericanos de La Nación, de Buenos Aires, y de El Partido Liberal, de México, dos de los periódicos para los que están escritos estos ensayos. Se trata de textos englobados, dentro de la edición de su obra completa por parte de la Editorial de Ciencias Sociales de La Habana, en sendos y significativos títulos: En los Estados Unidos (vol. 13), y Europa (vol. 15). Entresacar lo más granado de ambos volúmenes, buscando siempre al Martí más radical e imperecedero, es lo que ha llevado a la edición de este libro. Pero he escrito ensayos quizá con demasiada frivolidad, o dando por sentado demasiadas cosas: en primer lugar, una definición del género ensayístico, algo que tendrá que quedarse así, pues no es éste el lugar para esbozar una teoría de los géneros literarios. Sí conviene, no obstante, dejar clara la génesis y función de muchos de estos textos, indudablemente legibles como ensayos hoy día, pero que en el tiempo de su publicación eran lo más parecido a una escritura de combate. Así, si el ensayo se suele definir como el género del yo, aquel en el que el escritor se propone a sí mismo, a su percepción y a su crítica, como mundo, el edificio de Martí deja atrás todo ese solipsismo: su yo remite inmediatamente a un nosotros, es absorbido de manera inmediata por sus contemporáneos al sur del río Grande.
“José Martí, de Emerson a Pushkin”, ese podría haber sido también el subtítulo al prólogo. En ese caso, me gustaría llamar la atención sobre el talante viril que Martí ve muy bien en el primero de estos escritores, y el temperamento aquejado de feminidad del segundo. Son sus palabras. Y sus modelos. Porque Martí empieza mimetizando el estilo de Ralph Waldo Emerson, gigante en el salón de ilustres del continente americano si atendemos a algo tan aparentemente banal como la nómina de jugadores de fútbol brasileños en nuestros equipos que llevan ese nombre. Pero el estilo del sabio de Concord no es el de Martí, ni por talante o temperamento personal (y no me refiero a ningún tipo de falta de virilidad en el genial cubano), ni por tradición literaria, como ya he dicho antes. Martí no es el escritor abrupto de olímpicas elipsis. Su salto en el discurso de la prosa no es con pértiga, sino a lomos de una musculatura verbal que explota los recursos más inherentes al castellano y los hace conjugables con un mundo cambiante. La admiración que Martí siente por Emerson, no obstante, por su figura casi tanto como por su literatura, esa fascinación le lleva a rendirle el homenaje de hacerse pasar por su émulo. No es mal ejercicio, ya que ahí, en ese alarde verbal, en ese salto sin red desde una latitud a otra, se puede decir que Martí inaugura para la literatura en castellano el género moderno del ensayo: en ese párrafo inicial del panegírico sobre “Emerson” y en dos de los textos finales de esta selección, “Carlyle, romanos y ovejas”, y “Darwin y el Talmud”. En estos dos últimos casos la inventiva se debe igualmente al sujeto descrito. Pero mientras que la efigie de Emerson en su unidad es lo que le lleva a ese estilo inédito en castellano, los dos articulitos englobados en el volumen 15, Europa, le deben su naturaleza impar precisamente a lo dispar y fragmentario de sus referentes. Aparte del estilo, no pocas de las enseñanzas de Emerson cuajaron en el pensamiento de Martí. Obsérvese si no ese respeto por el proceder científico, el cultivo de la paciencia y la observación directa, mal avenidos con la esencia maximalista y pendenciera del castellano viejo. Gracias a Martí un ideario de modernidad se instala en la tradición castellano-parlante y contribuye a superar el inmovilismo del criollo. El ensayo sobre la muerte de Emerson es además el lecho en el que por primera vez aparece en estos volúmenes una imagen que se repite: la representación simbólica de un topos continental, como si lo que el escritor buscase fuera, más que una retórica, una geología. Quizá inconscientemente, Martí sabía que esa materialidad de la prosa podía funcionar como un horizonte y podía llevar a la unión en torno al idioma de la variedad de pueblos y culturas que constituían Hispanoamérica, una realidad social recién liberada de la metrópolis, huérfana de referentes culturales autóctonos más allá del indigenismo, y porosa ante cualquier referencia americana. Hay otra América, claro está, y no hacía falta irse a los Estados Unidos para verla. Quizá si Martí hubiera nacido en Perú, o incluso en México, y no en Cuba, una isla en la que la población indígena hacía tiempo que había sido exterminada, su empatía por los indios norteamericanos habría generado un ensayo similar sobre los pueblos precolombinos. Desgraciadamente, y pese al auge de políticos salvadores de los últimos años, el verdadero libertador americano no ha aparecido todavía. [...]