Ferrer Lerín · Edición · Mediación literaria · JIMENEZ ARRIBAS

traductor literario: narrativa, poesía, ensayo

Castellano

Ferrer Lerín

Ferrer Lerín, Ciudad propia. Poesía autorizada (Artemisa, 2006)

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PRÓLOGO
 
La obra poética de Ferrer Lerín es una de las más originales del último tercio de siglo en España. Y lo es hasta el punto de poner en duda su catalogación dentro de ese género. De hecho, cabe preguntarse si el epíteto que acompaña a esta reedición, autorizada, no tendría algo de concesión también, de autorización para su lectura como poesía. Para su simple lectura, cabe añadir, vista la dificultad de hallar disponible hasta la fecha un corpus suficiente de la misma. Ciudad propia viene a arrojar luz sobre esa condición problemática —a la vez que pone de manifiesto la de poética— que la obra de Ferrer Lerín, al menos en lo esquivo de su comparecencia, ha protagonizado durante demasiado tiempo entre nosotros. El lector de este volumen no sólo tiene en sus manos los tres libros que le dieron al autor su fama de leyenda, es decir, no sólo tiene la oportunidad de cualificar en su justa medida esa aura legendaria; además cuenta con un número de inéditos suficiente como para constituir un libro más. De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987) son una apuesta personalísima en cada una de estas décadas, sucesivamente asordinada por la deriva del panorama poético circundante: adelantado en los sesenta, estrictamente contemporáneo en los setenta, por último, aluvión se diría residual con los años ochenta, cada uno de estos libros fue tomado más como síntoma de la aventura novísima que por su propuesta estética en sí. Leerlos aquí reunidos les devuelve su estatura original, ahora que muchos de sus coetáneos hace tiempo que han dejado la poesía. No faltará quien diga que es la poesía la que les ha dejado a ellos; como no faltará quien piense que a Ferrer Lerín nunca le dejó, pues nunca estuvo con él. Pero si algo viene a demostrar Ciudad propia es el desmentido de esto último: desde un texto programáticamente poético como “Los humildes”, ya en De las condiciones humanas, hasta el último de sus inéditos, “Fámulo”, la escritura leriniana se muestra radicalmente poética. Incluso los poemas en prosa, muy escorados hacia la narratividad, cobran nueva luz si son leídos como poemas. Lectura en absoluto forzada, ya que, tomados en su conjunto, todos ponen en escena una variación de motivos, una supeditación de la anécdota al gesto que la enuncia, sólo explicable desde el poema.
            No voy a dedicar demasiado espacio en este prólogo a las posibles causas del silenciamiento de Ferrer Lerín, su exclusión de Nueve novísimos poetas españoles; ni a los rasgos gruesos bajo los que se le ha caracterizado. No me interesa ni el jugador de póquer, ni el romántico medioambientalista. Pero ambos rasgos, su silencio y su leyenda, están directamente relacionados. Y no sólo porque la mudez se explique con la vocación extraliteraria, sino porque esta puede también leerse como una forma impuesta de aquella. La veneración que parecen profesarle a Ferrer Lerín algunos de los novísimos —Félix de Azúa en Diario de un hombre humillado, por ejemplo— da buena fe de ello. Al lector actual, para quien se ha rescatado esta obra, quizá sí le interesará saber, sin embargo, que en aquellos convulsos sesenta en los que pocos poetas se libraban con suficiencia del rodillo social-realista, un libro como De las condiciones humanas estaba abriendo nuevas vías para la expresión poética en España. Era el año 1964, aunque el libro databa en realidad de 1962, y fue publicado, no se olvide, en la misma colección que Mensaje del Tetrarca, de Pere Gimferrer, de 1963, aunque este último orquestó su presentación en sociedad en fecha suficientemente antedatada. De hecho, las marcas más reconocibles de lo que luego, años después, fuera venecianismo epigonal están ya aquí, presentes en el desenfado de una voz que se sacude, casi por primera vez si salvamos los distintos brotes de posvanguardia, el humanismo romo de posguerra. Pero también legibles en su flirteo con los veneros más camp, en la voluntad crítica de aprovechamiento del ejercicio surrealista, que el propio autor define más bien como caso extremo de poligénesis, no tanto por exposición a modelos específicos o mímesis de los mismos; en el culturalismo como aporte de experiencia al poema; en la presencia, por activa y por pasiva, de autores no carpetovetónicos; en fin, en todo un acarreo de materiales que, sedimentados en un verso cada vez más largo, algo que no era exploración única de Ferrer Lerín entonces, turbó a los lectores atentos. [...]

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